¿SE VIENE EL INDULTO A LOS GENOCIDAS?

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Tras años de instalar en los medios de comunicación la noción de que el kirchnerismo llegaba a un fin de ciclo y la necesidad de un cambio, el PRO llamó a su partido CAMBIEMOS. La capacidad de instalar escenarios con la ayuda incondicional del cuarto poder y sus 24hs de transmisión continua, ha sido una de las grandes victorias de la derecha en el país.

De la misma forma han trabajado para preparar el terreno para sus distintas políticas. Las tapas de diarios hablando incansablemente de un Estado lleno de ñoquis k, de la corrupción de los sindicalistas, de lo caro del fútbol para todos o del curro de los derechos humanos, han sido la punta de lanza para instalar rápidamente y sin escrúpulos el ajuste: despidos masivos y sin preaviso, intervención y apriete a los sindicatos, la eliminación de las paritarias, la eliminación del fútbol para todos y, como se ha visto en el último tiempo, una política mal llamada “de reconciliación” con los genocidas -tanto militares como civiles-.

No es novedad que es aquella la grieta que más divide a los argentinos. No fue sino hasta 30 años después del último golpe cívico-militar que un Presidente pudo llevar a cárcel común a los responsables de las desapariciones, secuestros y torturas que sufrió el pueblo argentino.

Eso, que parecía lejano y propio de libros de historia para las nuevas generaciones, se hizo presente instalándose con fuerza en la agenda social y política. Una generación ajena a las botas notó en carne propia la discusión que habían llevado adelante sus padres y abuelos: vivían en las calles con los genocidas. Sus profesores, sus médicos, sus abogados, sus familiares, sus ídolos de la televisión. Todos aquellos que los rodeaban habían sido, quizás, cómplices de esa historia que apenas se tocaba en los colegios.

En los últimos años los que serían hoy funcionarios del gobierno han buscado instalar nuevamente la teoría de los dos demonios, esa que muestra a los movimientos guerrilleros armados como una amenaza que había que contener, como aquella frase segura a la que pueden aferrarse para postular un cómodo y mentiroso “ni de un lado ni del otro”. Los grupos guerrilleros no son ni fueron el Estado argentino. Quizás haya sido esa una victoria más: representar al poder ejecutivo como pobres individualidades, sin responsabilidad ni conocimiento de lo que hacen. Quizás el policía se excedió, quizás el gendarme disparó por error, quizás prefectura no buscó bien. Quizás, sólo obedecían órdenes. El Estado argentino no es un cúmulo de individualidades por las que nadie responde, no es su función tampoco perdonar los errores o excesos de sus funcionarios y fuerzas de seguridad como si fueran algo ajeno a su funcionamiento. El Estado es el Estado, una institución plenamente responsable de sus acciones, que debe a sus ciudadanos la garantía y el derecho de vivir en plenitud, y el resarcimiento en caso de que no lo haga.

Quizás, habría que pedirle a los medios que ahonden en lo que fue la realidad de la época, que muestren a cada personaje, que pongan a la vista de todos los recursos y prácticas que se utilizaron, que se hagan cargo de la ideología política con la que trazan y dibujan aquellos tiempos. Pero quizás eso es pedirle demasiado a un periodismo cuyo poder reside en no develar nunca el lugar desde el cual instalan ese falso sentido común. Después de todo, pareciera que la pantalla y los micrófonos otorgan cierta impunidad para decir cualquier cosa sin responsabilidad alguna, si se repite la suficiente cantidad de veces “libertad de expresión”.

Tomando esto en cuenta, es fácil ver el camino que trazan las últimas medidas dispuestas desde el gobierno en torno a los derechos humanos, y específicamente respecto a los responsables y genocidas de la última dictadura cívico-militar.

Quizás el más polémico hecho de todos para esta línea de tiempo tenga que ver con las prisiones domiciliarias dispuestas a los genocidos, por el simple hecho de que cualquier podría responder que esa es una definición de la justicia y no del poder ejecutivo. Visión que peca, como mínimo, de ingenua. Si bien es cierto que en papeles existe una división de poderes que obra con pesos y contrapesos, tampoco pueden negarse las maniobras políticas que el PRO ha llevado a cabo respecto al poder judicial. Empezando por la designación arbitraria e inconstitucional de dos miembros de la Corte Suprema, siguiendo con las amenazas de juicio político contra los jueces que tomaron medidas poco condescendientes con la gestión (quizás los jueces de la Ciudad de Buenos Aires son los que nos brindan la mayor cantidad de ejemplos), y sumando la persecución judicial que sufren sólo los miembros de la oposición, es claro que el poder judicial no es ajeno a los vaivenes del poder ejecutivo, ni vive en una burbuja. Sus miembros son, quizás, hasta más políticos que los políticos, y han logrado sortear a lo largo de su historia la democratización de sus feudos, al punto de que ni siquiera se respeta la disposición constitucional de los juicios por jurado.

En los últimos tiempos los jueces se han sumado a la danza de la impunidad llevando a prisión domiciliaria a los genocidas, otorgándoles 2×1 o incluso permitiéndoles vacaciones, después de todo entre fantasmas no hay que pisarse las sábanas. Sin embargo, el derecho a la prisión domiciliaria que levantaron los diarios como bandera fue rápidamente criticado por los mismos, cuando se pidió que aplicara a detenidos sin condena y con problemas de salud -como el caso de Milagro Sala o Héctor Timerman, por nombrar sólo dos-.

A esto se suman los dichos recientes de Nicolás Massot, que se han replicado resumidos pero que en una lectura amplia muestran el pie de la letra la doctrina de la derecha: la ideología en el pueblo es mala (nota AQUÍ). Lo primero que destaca es que los partidos políticos ya no se basan en ideas o programas sino en personas. Más allá del debate respecto al personalismo que podría abrirse, lo que Massot afirma es que “ya no son ideas o una plataforma lo que define a un partido”, en castellano sencillo “la ideología no es buena, esos tiempos ya pasaron”. Es una y otra vez querer mostrar como superación y modernidad la falta de discusión política para alcanzar una falsa objetividad: “acá no se discute de visiones, se discute de historia. Lo que pasó en la Argentina es lo que pasó. No la visión que cada uno tenga de los hechos. (…) Lo que no puede pasarnos, y no le pasa a sociedades que han vivido situaciones como la nuestra, es que generaciones que ni siquiera vivimos esa época tengamos que seguir dedicándole el tiempo que tendríamos que dedicar a los combates de la actualidad, que son la inflación, la pobreza y la informalidad laboral”. Me imagino en este punto al Sr. Massot pidiéndole a Israel que deje de dedicarle tiempo a la discusión y educación de lo que fue el Holocausto. De hecho, de hacerlo, le ofrecemos una nota en primera plana.

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Declaraciones de Nicolas Massot al diario Clarin el 21/01/2018

Su llamado a la reconciliación y perdón es leída por el periodista que lo entrevista con un sentido eclesiástico y de impunidad, y le pregunta directamente si piensa en una dispensa a los militares condenados. Su respuesta se remite a frases de sobrecito de café: “el perdón es más profundo. La Justicia es reparación. La reparación de lo irreparable”. Cómo no responderle entonces que lo irreparable es, en sí mismo, irreparable. Que es imposible pedir que se olvide el daño que no se puede enmendar. Que la sanación social puede darse sólo mediante la justicia real, verdadera, justa, que implica prisión efectiva en cárcel común. Aquella que sólo se desprende de saber que uno camina seguro, sin genocidas a su lado.

El gobierno entregó este lunes a las Madres de Plaza de Mayo las baldosas con los pañuelos pintados que rodeaban la pirámide de mayo. Dicen que se volverán a pintar, pero esos fragmentos originales han sido arrancados del suelo por “remodelación”. A su vez, el museo de la Casa Rosada ofrece una vitrina con objetos personales del dictador Eugenio Aramburu, con una placa que lo señala como presidente. De la misma forma figuran genocidas como Rafael Videla. En ningún lado se aclara que fueron mandatarios de facto, o se hace mención alguna a los 30.000 desaparecidos.

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Museo de la Casa Rosada
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El GCBA hace entrega a la Asociación Madres de Plaza de Mayo de los pañuelos del pueblo ubicados en la histórica Plaza.

Son quizás estos los pasos necesarios para generar la reconciliación de la que hablan los funcionarios del PRO: dejar de lado las ideologías y los debates, disfrazar de objetividad la falta de humanidad y compasión, postular como sentido común que el genocidio del Estado fue en verdad un enfrentamiento casual “con algunos excesos”.

Se visualiza el camino a los indultos, a la impunidad. Pero se visualiza también el camino de la lucha y la resistencia del pueblo, de los puños en alto de las madres y abuelas, se visualiza más alto y más potente el canto en alto de las palabras que nunca acallarán: MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

 

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