SE MUERE ESCUCHANDO EL NOTICIERO

Por: Lautaro Sanseverino

“Se dice que para integrar este público no es necesario algo especial (…) es difícil distinguir a un integrante de “las bandas” pero cada uno de ellos cumple con una serie de formalidades espirituales como por ejemplo :

A) Creer que se puede vivir de una manera distinta a la que vende la televisión
B) Que esta vida es la única vida y que en el shopping oficial sólo se compra basura”

(Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires –DIPPBA-, 12 de agosto de 1997).

Corría la noche neoliberal cuando Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota empezó a saltar de las páginas de espectáculos a las de policiales en los matutinos argentinos. El emblemático caso de Walter Bulacio en 1991 y el juramento de revancha de “los pibes” hacia las fuerzas policiales responsables del crimen construyeron una tensión que fue caldo de cultivo del estigma que hasta el día de hoy arrastra el público ricotero. Grescas frecuentes de menor gravedad, acentuadas hacia finales de los 2000, pueden haber sido uno de los tantos condimentos en el definitivo “año sabático” que lleva la banda hasta hoy en día.

Un hecho de ruptura también sucedió en Olavarría, al igual que el último fin de semana, pero en agosto de 1997. Empujado por informes de Inteligencia de la policía bonaerense, el intendente Helios Eseverri firmó el histórico decreto de necesidad y urgencia que “deniégase la autorización para la actuación del conjunto de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota” en marco de los shows brindarían en el municipio bonaerense los días 16 y 17 del mes. Los músicos, con el Indio Solari como portavoz, afrontaron en un inédito hecho las cámaras con fin de poner en orden el vaivén de rumores que circulaban en torno a esta medida. El mensaje hizo hincapié sobre los factores que acompañaron al intendente a tomar tal decisión. Algo parecido a lo que advirtió como “intereses oscuros” años después (y más adelante veremos). El concierto fue finalmente reprogramado y trasladado a la ciudad vecina de Tandil. Cuatro años después, la conocida separación del conjunto y, en 2005, Solari reapareció en los escenarios con su proyecto solista, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, que lo depositó en el Hipódromo de la ciudad tandilense en cinco oportunidades entre 2008 y 2016, sin registro alguno de disturbios y con una visible madurez del (agigantado) fenómeno de masas. Sin embargo, el nuevo mando de la administración del hipódromo comunicó meses atrás la definición de no volver a conceder el predio para este tipo de espectáculos.

 

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Y ahí volvió a aparecer Olavarría en el camino del letrista. 20 años después de la prohibición. La cita era el 11 de marzo en el Predio Rural “La Colmena”. Allí desandaron las miles/decenas de miles/cientas de miles de almas a darse encuentro. Días antes, Marcelo Figueras (biógrafo autorizado) publicaba un mensaje de advertencia del propio Indio. “Este es un momento especial. Hay intereses oscuros que con pocos miembros pueden alterar la fiesta”. Algo empezaba a oler a tigre.

La lluvia en estocadas finas y el soplo del viento frío en la ciudad del centro de Buenos Aires no amainaban el entusiasmo en los micros, autos y combis que iban consiguiendo llegar a las cercanías. Campings repletos, casas de familia que ofrecían desde baños hasta sus enchufes para carga de teléfono, puestos de comida a cada paso. La ciudad era “de la gente”, y la gente tenía el mandato de cuidar la ciudad. Las calles, custodiadas por guardias de la policía municipal y con visible ausencia de las policías bonaerense y federal y del personal de defensa civil, no presentaban desmanes significativos. Hasta ahí, nada de qué preocuparse.

A las 22:05hs. las luces se apagan en el predio. La banda sale al escenario y brilla frente a una luna llena radiante. El Indio reluce y hasta por momentos, hace olvidar los duros relatos de decrepitud y “Mr. Parkinson” que en último tiempo con tanta tristeza había hecho públicos. La noche descorchaba con una versión soberbia de “Barbazul vs. el amor letal”, clásico en las vitrinas de la dupla compositiva Beilinson – Solari. “Porco Rex” le daba continuidad a la velada y al sonar los últimos acordes de la cruda “Arca monster” el clima se empezó a enrarecer. Un alarmado Solari pide calma y advierte por un posible desmayado frente a las vallas. “Habíamos quedado que nos cuidábamos”, remarca y remite al comunicado anteriormente mencionado. Dos personas descompuestas, a riesgo de ser aplastadas por la marea de gente, era lo que exigía poner bajo control para continuar. Avalanchas, pogos y empujones son moneda corriente en cualquier espectáculo masivo de rock en estas tierras.  “Si siguen empujando así no vamos a poder terminar el show” avisa. De un momento a otro, clamó por la ¿extraña? ausencia de guardias de defensa civil. El parate se extendió por alrededor de diez minutos, y tras una seguidilla de tres canciones, propuso una interrupción firme después de la cual el show no volvió a entrar en sus carriles normales. Cerca de las 0:30hs del domingo y tras casi 2hs 30m de un concierto marcado por un ambiente picado, se dio lugar al broche con el tándem “Ji ji ji” – “Mi perro dinamita” y el saludo al público. Esta vez no hubo fuegos de artificio como en otras veladas. No parecía haber mucho que celebrar.

 

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1:23hs. “Siete muertos y decenas de heridos por una avalancha”. La agencia oficial de noticias Télam difunde un cable en referencia a los incidentes en el recital. La fuente de la ¿primicia?, se supo transcurridas las horas, fueron “tweets que circulaban”. Ninguna información oficial, ningún parte clínico. La versión online del diario La Nación se montaba a ese titular y aporta ¿precisiones? “al menos cinco adultos y dos menores murieron en el recital del Indio Solari”. Infobae levanta la apuesta y confirma la cifra de “hasta ahora once muertos”. Pasadas las 3:00hs, los canales de noticias C5N y Todo Noticias lanzan sus alertas con la confirmación de tres fallecimientos. La salida del predio, caótica por la saturación de las arterias de desconcentración y los rumores de puertas bloqueadas, se extendió hasta largamente pasada la hora donde algunos medios ya daban por sentenciado un número de víctimas fatales, abierto a ser mayor. “Tragedia” era el rótulo que se comenzaba a fijar en los graphs y títulos. A las pocas horas, los canales audiovisuales de todo el país habían centrado sus programaciones en la cobertura de estos hechos. Chicos perdidos, incomunicados, hospitalizados, y una caterva improvisados expertos y moralistas de cartón cobraban protagonismo impartiendo responsabilidades y fantaseando hipótesis en los programas televisivos. Por momentos, intentando remitir un clima similar al vivido horas después del incendio de República de Cromañon en diciembre de 2004.

La (des)información iba tomando volumen y adoptaba una estética de conflicto fuera de control. Las imágenes de los varados en Olavarría que, producto de las complicaciones para desconcentrar o de despistes individuales, habían perdido sus micros y descargaron su impaciencia en las boleterías de la terminal de ómnibus eran tomadas de fondo por los noticieros. Pero el plato principal para los canales de noticias, los “fiambres”, poquito a poco y casi en puntitas de pie, ya no eran tantos como se había empezado a alentar. Los únicos dos fallecimientos confirmados, Javier León de 42 años, y el hasta entonces N/N luego confirmado bajo el nombre de Juan Bulacio (vaya paradoja), transcurridas las horas seguían siendo los únicos casos pese a las promesas de que podía haber más. Entonces, el centro de los debates televisivos pasó a ser la (forzada) vinculación entre los hechos y las condiciones del concierto y la organización del mismo.

Y en eso andaba el joven intendente Ezequiel Galli en conferencia de prensa pasadas las 12:30hs. Anticipándose con un pedido de mesura a la hora de la comunicación, el jefe comunal dio paso enseguida a notificar las supuestas causas de los fallecimientos sin ninguna autopsia ni confirmación oficial firme, desligando en su relato al municipio de la “responsabilidad penal” y enviando derechito a las manos de la justicia a la organización. El jabón se le escurría entre los dedos. Mientras, una fiscal de apellido Alonso dispersaba en los medios la cifra de 550 mil espectadores en un predio “habilitado para 200 mil”. Para esa momento, era tema nacional la investigación de la teoría de la avalancha en un predio desbordado, con público hacinado. Esa cifra de espectadores, curiosamente, fue corregida con sigilo a casi la mitad (300 mil) en el correr de las horas.

Después de pasar por la tragicómica imagen de los “micros” prometidos por el intendente para desconcentrar la ciudad (camiones que bien podrían ser de transporte de carne, o de recolección de basura, donde cargaban pibes como ganado para dejar a la suerte de Dios en la ciudad vecina de Azul), en las pantallas se le daba lugar a un nuevo protagonista forzado en la historia: el humor de los “sobrevivientes”. Como toda tragedia, esta tenía que tener su relato de salvación, aun cuando éstos fueren el 99,98% de los presentes. Como los tiempos del rating no siempre coinciden con los de las investigaciones judiciales, había que impartir culpas según lo que cada cual que había estado, a su parecer, sentía que correspondía con sus sensaciones en carne viva. El regodeo sobre el desaliento de las ¿víctimas? cotizaba en bolsa. Ni siquiera el presidente de la Nación había perdido la oportunidad de aportar su mirada a la cuestión y sellar su impronta republicanista sobre la barbarie y “lo que sucede cuando se pasa por encima las normas”, aun cuando de esto fuera parte un equipo de funcionarios de su propia fuerza política.
 

“No! No sueño con presagios / una tragedia le quieren montar”

“Pedía siempre temas en la radio”, Porco Rex – 2008

 

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“Una vez más, de forma irresponsable y mezquina los medios están vendiendo pescado podrido. Por favor no crean todo lo que se dice”. El primer contacto oficial, a través de la cuenta de Facebook “Virumancia” entre el entorno Solari y el exterior, denotaba lo que era difícil esconder: los intentos sistemáticos de instalar una supuesta exposición de la vida humana en todo acontecimiento masivo, casi por ley natural, y la denigración de la relación de fidelidad entre el público y este artista. Ni siquiera los doce años del camino en solitario del Indio y los diecisiete conciertos sin ningún desmán habían conseguido desmitificar el demonio de la “misa”. El operativo de seguridad bonaerense, a cargo del ministro Cristian Ritondo, llegó a la ciudad tres días después (!!!), en este caso para rastrillar zanjas en los alrededores del predio “La Colmena” y buscar posibles cadáveres perdidos. Marcelo Sobrino, fiscal general de Azul, le concedió el tiempo necesario a las fuerzas de seguridad atribuyéndose la solicitud de la medida; “no descartamos que haya más fallecidos”. Como tampoco lo descartaron hasta hace pocas horas los medios de comunicación. ¿Acaso ésta sería la referencia a “intereses oscuros” que se temía días antes del acontecimiento?

7 PERSONAS MURIERON ESCUCHANDO EL NOTICIERO.
Según los resultados que arrojaron las autopsias oficiales a partir del día lunes, ninguno de los fallecidos presentaba señales de aplastamiento interno. Resultados que ni los periodistas ni el propio intendente aguardaron a conocer antes de dar por sentada una hipótesis. La propia esposa de la víctima Javier León, presente en el show, aseguraba que su compañero no había perdido la vida en la avalancha y que estaba siendo trasladado a un hospital. “Paro cardíaco por stress” comunica el parte. El otro caso, el del “Colo” Bulacio, dice que habría sufrido un paro también pero a cargo de una sobredosis en el consumo de sustancias y alcohol. El caballito de batalla del aparato comunicacional, la “codicia” a costo de vidas humanas por parte del artista, podía no ser oficialmente la causa que ocasionó estas pérdidas. Por el contrario, se dio a la luz en las últimas horas material que vincula directamente al Galli con la coordinación del expendio de alcohol en las inmediaciones del predio El saldo final no varió respecto a lo que informaron las voces oficiales el domingo. Unos cuántos conductores televisivos se quedaron con la servilleta puesta. El desquicio de las rutas y las terminales de ómnibus fue cobrando calma y permitiendo a todos los varados volver y a los desaparecidos, reportarse.

Se inicia un  proceso de investigación judicial que seguramente será largo y terminará de dictaminar los grados de responsabilidad. El mote de “tragedia” quedó inamovible fijado en la memoria de este episodio, al igual que el miedo. El objetivo, entonces, cumplido con creces : el miedo implantado a lo masivo, a lo movilizado. El miedo al encuentro, a lo que pueda resultar a cientos de miles conmovidos e identificados; unidos por algo. El miedo al contenido de la unión de esas masas, al “motor ideológico” (y político) que propone Solari. A que en esa barbarie haya una respuesta a las injusticias naturalizadas a través, justamente, de los medios masivos. Responde, seguramente, al miedo de la televisión a quienes creen que se puede vivir de una manera diferente a la que vende la televisión.

“Uno de los slogans de “Los Redonditos” es pensar que vivir cuesta vida: Que no se puede vivir dentro de una sanguchera de vidrio. Que la vida protegida entre algodones, no expuesta a ninguna experiencia, no es rica”.
(Indio Solari, conferencia de prensa Olavarría, 16 de agosto de 1997)

 

 

 

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